Los nuevos escenarios de la enseñanza universitaria en discusión: ¿presencial o virtual?

Por Rafaela Diegoli

Decana regional de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey

La realidad que emerge de la contingencia por la covid-19 puso de manifiesto la necesidad de repensar el sistema educativo. En este contexto, la discusión entre la modalidad presencial o virtual es un tema central, dada la migración masiva y obligada de la enseñanza al formato digital. De manera que tanto los estudiantes como los docentes se vieron frente al reto de enseñar y aprender a través de una pantalla, la mayoría de las veces, por primera vez en sus vidas.

En primer lugar, es importante aclarar que la enseñanza en modalidad presencial involucra muchos modelos diferentes, que van de la tradicional cátedra a las actividades de aprendizaje activo, laboratorios, proyectos y retos vinculados con empresas. Por su parte, la modalidad virtual implica clases en diferentes medios de comunicación (radio, televisión, internet), cada uno con distintos grados de interacción e, incluso, tecnologías de punta en laboratorios virtuales. Aclarado lo anterior, este es un momento de gran reflexión y crítica entre los académicos con relación a dónde, cómo, qué y por qué se enseñan los más diversos contenidos.

Si consideramos inicialmente el espacio en que se realiza el proceso de enseñanza, observamos que está en cuestionamiento por los propios públicos a los cuales servimos. Por ejemplo, en los Estados Unidos, 6 en cada 10 familias están considerando educar a sus hijos en casa (Newall y Machi, 2020). Además, los estudiantes afirman que sienten que lo que aprenden fuera del aula es más importante para sus futuras carreras que lo que aprenden dentro (Adobe, 2020). En este contexto, ¿qué pasará si el estudiante o el docente ya no quiere dejar la seguridad y el confort de su residencia? Asimismo, nos podemos plantear muchos cuestionamientos acerca del rol que tendrán los campus universitarios, ¿podremos crear “micro” campus geográficamente dispersos, y así estar más cerca de diferentes comunidades, en lugar de tratar de traerlas a un gran campus central? Si ampliamos los espacios en que se da el aprendizaje, los campus se pueden transformar en hubs para diferentes actividades, no solo para aprender. Y, por supuesto, si se da una nueva flexibilización del espacio de aprendizaje, ¿cómo podemos aprovechar esta diversidad en el diseño pedagógico? Pasamos de tener a un grupo de alumnos y alumnas sentados todos en un mismo tipo de silla, en algunas pocas versiones de un salón de clase, a un espacio que cada estudiante puede personalizar al extremo con sus objetos favoritos. Finalmente, la virtualización de la educación también afecta el reclutamiento de docentes, ya que dejamos de estar limitados por la geografía, ¿esto implica que podremos competir internacionalmente por los mejores profesores y profesoras?

Al mover el salón de clase a las recámaras, las mesas del comedor o los sillones del estudio nos hemos encontrado con nuevos actores. De un día para el otro, padres, madres, hermanos y mascotas entraron a nuestras sesiones, en algunas ocasiones de manera activa. Esta interferencia puede ser bastante positiva; por ejemplo, casi el 90 % de la generación Z considera tener una relación muy cercana con sus padres, y los describe como su mayor influencia en la definición de valores personales (Seemiller y Grace, 2019). Esto nos lleva a cuestionar cuál será su rol en el proceso educativo universitario, uno que, actualmente, en la mayoría de las instituciones, se queda restricto al pago de la colegiatura. Además, ¿qué pasaría si el estudiante fuera corresponsable de buscar personas de quien aprender?, ¿y si cada alumno y alumna tuviera su propio conjunto de profesores y profesoras, formales o informales, contratados o voluntarios, constantes o esporádicos? Cuestionemos por qué hemos limitado el proceso de enseñanza a unas pocas personas, cuando quizá podemos posibilitar la conformación de un conjunto de maestros y maestras a quienes acudir con dudas e inquietudes. Finalmente, esto nos permite, una vez más, cuestionar nuestro papel como docentes, pues nos debemos transformar de meros transmisores de información a verdaderos mentores de vida.

El título de esta contribución intuye, erróneamente, que las modalidades presencial o virtual son excluyentes. En realidad, es difícil imaginar que volveremos a la presencialidad sin un grado importante de virtualidad, por lo que la flexibilidad y la accesibilidad al mundo digital seguirán siendo aprovechadas por las universidades. Sin embargo, es fundamental considerar que el acceso a internet, por mencionar un factor, no es universal. En 17 países, menos del 50 % de la población tiene acceso a internet (Dreeseni et al., 2020), entonces ¿cómo esto puede discriminar y limitar el acceso a la educación de los menos favorecidos? Y aún para los que tienen acceso a los recursos, el tiempo frente a la pantalla ha rebasado todos los límites razonables, ¿cómo puede ser una educación remota que no dependa de una pantalla el 100 % del tiempo?, ¿en qué medida esto puede afectar la salud física y mental de nuestros jóvenes? De hecho, uno de cada cuatro de ellos reporta un incremento de episodios de insomnio por preocupaciones, infelicidad o depresión (America’s Promise Alliance, 2020), por lo que las universidades se han visto forzadas a incrementar la oferta de iniciativas que cuiden de la calidad de vida de estudiantes y docentes, lo que sin duda es muy positivo. Sin embargo, podemos ir más allá, y cuestionarnos si queremos seguir preparando nuestros jóvenes para un trabajo, o si fortalecemos el desarrollo de competencias transversales que los preparen para la vida.

La triste realidad es que un quinto de los jóvenes en el mundo no trabaja ni estudia; y este indicador no se ha reducido significativamente en ninguna región del mundo desde el 2005 (ilo, 2020). Por esto, es urgente repensar cuál es nuestro rol y responsabilidad como universidades en la construcción de un futuro pleno para cada uno de los jóvenes a los que servimos.

Todo tiempo de crisis es un tiempo de oportunidad. Ante los retos —algunos de ellos aquí mencionados— cierro con un llamado: “si no eres tú, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo?”. ¡A innovar se ha dicho!

Referencias

  • Adobe. (2020). Gen Z in the classroom: Creating the future. https://bit.ly/3lDNtAX.
  • America’s Promise Alliance. (2020). The state of young people during covid-19: Findings from a nationally representative survey of high school youth. https://bit.ly/3lzw3oZ.
  • Dreeseni, T., Akseeri, S., Brossardi, M., Dewanii, P., Giraldoii, J. P., Kameii, A., Mizunoyaiii, S. y Ortiz, J. (2020). Promising practices for equitable remote learning: Emerging lessons from covid-19 education responses in 127 countries. Unicef. https://bit.ly/3puN0mZ.
  • International Labor Organization (ilo). (2020). Global employment trends for youth 2020. Technology and the future of jobs. https://bit.ly/3kzA8Z9.
  • Newall, M y Machi, S. (2020). Teachers and parents expect schools to reopen in the fall. Ipsos. https://bit.ly/3pzZw4w.
  • Seemiller, C. y Grace, M. (2019) Generation Z Learns: A guide for engaging Generation Z students in meaningful learning. Jossey-Bass.